miércoles, 23 de septiembre de 2015

Triple

Que me digas que sí
es como
tirar de tres
y que la pelota
entre
limpita
sin tocar el aro
y se sumerja
siseando
profundo
abrazada por las redes
como una madre
abraza a un hijo
que tiene sueño
y se balanceé
con todo su peso
hacia los lados
en cámara lenta
de aquí
para allá
en ese segundo de tensión
y goce
en que
por fin
cae.

Adentro.

Juan Pablo Svaluto Marchi



lunes, 31 de agosto de 2015

Locos en San Juan

Levantarse a las 3.
Tomar el vuelo de las 5.
Llegar a las 7.
Siesta.
Comer.
Volver a la siesta.
Volver a comer.
Pasear por la ciudad.
Hacer tiempo hasta el partido.
Encontrarse a otros como vos.
A otros hinchas.
A otros hinchas como vos.
Que van a alentar a su equipo.
A pesar de lo que les digan.
Que vamos a perder por goleada.
Que estamos todos en pedo.
Que estamos todos locos.
Cantitos en el bar.
Asustan a la gente de la ciudad.
Hasta que se hace la hora.
En camino al estadio
charla simpática con el tachero.
Tras el cacheo pasado
entramos todos los locos.
Todos los locos juntos.
Dos mil locos cantando.
Dos mil personas desquitándose.
Ataca el equipo.
Los locos responden con cantitos.
Cantitos más parecidos a gritos.
Gritos eufóricos.
Los locos se ponen nerviosos.
Nerviosos cuando el rival ataca.
Gol del rival.
Los locos amargados.
No paran de cantar.
Gol de nuestro equipo.
Todos los locos abrazándose.
Abrazándose con sus seres queridos.
Mezclando emoción y desesperación.
El empate sigue.
Momento de definición.
Locos rezando.
Rezando.
Como creyente con el rosario.
Rezando.
Penales convertidos.
Penales errados.
Penales atajados.
Perdimos.
Perdieron los locos.
Se acercan los jugadores a la popular.
Y los locos se pelean.
Se cuelgan de los alambrados
por una camiseta.
Como un símbolo de agradecimiento,
los locos están cantando,
al canto de Soy de Atlanta.
¿Qué hace grande a un club?
¿Sus títulos?
¿Su cancha?
¿Sus jugadores?
Para mí
lo que hace grande a un club
es su hinchada.
Un hincha es ese que siempre está.
El que se pone feliz,
el que se pone triste,
depende el resultado.
El que defiende a su club.
A pesar de cuestionamientos o hechos.
Ascender por decreto.
Prender fuego su estadio.
Quedar en banca rota.
Tirarles sillas a los dirigentes.
Vender su cancha.
Haber estado en la C.

No estar en primera desde el 84.

Valentín Esnal

martes, 4 de agosto de 2015

Cover

Los pibes
todos
de la cabeza

en la plaza
del barrio.

Juan Pablo Svaluto Marchi



domingo, 5 de julio de 2015

Me fui a la B

Hace rato que estoy
en zona de descenso.
Porque pasan los días
y tu mensaje no llega.

A veces,
entro en zona de promoción,
cuando veo que la luz blanca
titila
sobre la pantalla negra del celular.
Lo desbloqueo en silencio,
como si desbloqueara mi corazón,
pero no.
Son mis amigos,
o mi mamá,
o tal vez mi hermano.

Entonces, desilusionado,
lo vuelvo a bloquear,
al celular, a mi corazón,
y regreso a la zona de descenso,
hasta que por fin
la luz vuelve a titilar,
pero vos
no titilás.

Y así, sucesivamente,
infinitas veces,
como un ascensor
a punto de quemarse
que sube
y baja,
sube
y baja,
como
mi corazón.

Juan Pablo Svaluto Marchi

lunes, 22 de junio de 2015

Olvido

Sin querer,
encontré nuestra foto en una caja.
Tu cara sonriente
ya no se reconocía:
estaba descolorida,
por la mala calidad de la tinta
y la buena del tiempo.

Juan Pablo Svaluto Marchi


miércoles, 10 de junio de 2015

La primera vez

Fue el otro día que te vi por primera vez.
En esa primera vez que te vi verme,
supe que ya te había visto mil veces antes de verte.

Al otro día quise verte por segunda vez verme,
y saber que te había visto dos mil veces antes de verte verme.

Pero no pude verte.

Dejé que pasara un tiempo para volver a verte,
para que cuando vuelvas a verme
sienta que ya te había visto diez mil veces antes de verte verme,
tanto,
que te conociese como si nunca hubiese sido necesario volver a verte,
ni una, ni dos, ni cien mil veces verte,
para quererte siempre.

Pero no volveré a verte.

Juan Pablo Svaluto Marchi



jueves, 12 de marzo de 2015

Tempus fugit

Cada vez que conozco a alguien que me mueve el piso es como que tengo la necesidad de huir. Así, exactamente como en un terremoto. Huir a no sé dónde, pero escapar hasta encontrar la sensación de estar a salvo. En realidad, no quiero huir ni mucho menos. Pero necesito irme, un rato, unos días. Demostrarme a mí mismo que el mundo ahí afuera sigue siendo igual a como era antes de conocerla: que los autos siguen embotellados a los bocinazos, que el portero sigue en el zaguán a las siete de la tarde como todos los días, que el puestito de flores sigue firme y verde ahí en la esquina, que los vecinos del edificio del frente siguen en el balcón regando sus plantas y dándoles de comer a sus pajaritos enjaulados, que el sol sigue saliendo, que la lluvia  y el frío se siguen demorando, que todavía imagino ser un pez, que el Chevallier sigue partiendo impuntual, que mi Mamá sigue proponiéndome tomar unos mates cada vez que vuelvo a visitarla, que mis hermanitos siguen preguntándome si me voy a quedar a dormir cada vez que vuelvo, que yo sigo contestándoles que esa noche voy a salir a tomar algo con mis amigos, que mirá si al fin encontré a la madre de mis hijos, que ahora Buenos Aires te quiero por presentarme a la mujer de mi vida que no conozco pero algo me dice que lo es, que no seas tan entusiasta, que la vas a asustar, que qué salame sos, que ya.
La cuestión es que me voy, me alejo. Me adentro unos días en un sitio donde seguro no la voy a encontrar. Aunque la necesite, la mantengo lejos, y me demuestro que puedo seguir dependiendo de mí mismo, que sólo fue un temblor grave en la escala de mi ansiedad pero que todo volvió a estar quieto y que seguís siendo feliz igual, y que todo va a estar bien.
No me considero una persona dependiente. Creo que no lo soy. Soy bastante independiente de mi familia, de mis amigos, de los demás, del mundo, de los estados de ánimo. Después de mucho tiempo de pensar que lo era, llegué a la conclusión de que no, de que simplemente hay personas que nacen para el amor y otras que no. A veces, se trata de encontrar la mejor versión de uno mismo en otra persona, no necesariamente en depender de esa persona.
La plenitud es un estadio muy difícil de lograr. Me refiero a la plenitud interna, la felicidad, el sentido de despertarte todos los días a las siete de la mañana para ir a trabajar, de volver a tu casa, almorzar, mirar el horario, salir para la facultad, cursar, estudiar, leer, volver a tu casa, cenar, revisar Twitter, acostarte, poner el despertador, dormir, volver a levantarte. Toda esa banalidad necesita un sentido, una respuesta a la pregunta. Virgilio dice (porque quien escribe dice para siempre, para ahora y para después): "Collige, virgo, rosas, ¡tempus fugit!" (que quiere decir algo así como "Coge, virgen, las rosas, ¡el tiempo huye!"). La cuestión es que sí, el tiempo huye, todos los días, se te escurre entre los dedos como arena, prueben atraparlo y van a ver cómo se sienten unos inútiles.
Pues bien, soy de esas personas que encuentran la mejor versión de sí mismos cuando están acompañados, quizás sea porque la independencia nunca nadie la logró solo. Me gusta el amor, amo el amor. Por eso siento la necesidad de amar, porque no conozco otra forma de ser feliz que no sea amando, porque me niego a que exista otra manera de encontrar la felicidad que no sea a través del amor. La verdad es que la vida sin amor me resulta demasiado aburrida y ahí está el quid de todo: estoy aburrido.

Juan Pablo Svaluto Marchi